No hay cámaras en las maravillas sepultadas por la selva.

En mi vida casi no hay fotos, no se encuentran registros de mi transcurrir. Busco caminar por senderos que no comenten sobre mi andar. Detenerme a asombrarme en parajes desolados, que no se acerquen a la civilización de los sobrios habitantes. Desde esos ocultos miradores se observan vuelos sin destino y claves de lo real que se pierden entre las nubes, intercaladas en figuras poco reconocibles.

Maravillas que quedaron sepultadas por los árboles serán descubiertas por algún viajante que, con machete en mano, se tope con las pirámides. Un viajante que se cree el primero en ver tanta magnitud. Pobre de él, no sabe de la grandeza de los siglos pasado.

Es sano que no nos observen las cámaras, que no cuenten nuestros pasos. Podemos ser realistas con nuestros detalles del renacer, con nuestra comunicación que lleva a la luz. Los faroles de la avenida no iluminan más que la antorcha incesante. Sabemos del fuego y de sus propiedades fundantes del estilo libre, de la fragancia pura que estamos respirando.

Cinco sentidos no logran captar la cúspide del ser. Ellos admiran eso que no podemos explicar, eso que hace que los que se ven en el reflejo seamos nosotros.

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