Belleza de domingo.
Últimamente
estoy tratando de disfrutar un poco más de los domingos, de darme cuenta que no
es verdad eso de que todo está muerto, de que es un día que no tiene sentido.
Tiene sus detalles únicos que no suceden siempre, o que no te acordabas que habían
sucedido.
Domingo es
bajar las escaleras y que sea vea todo medio apagado, encandilado por el sol
que daba en la terraza.
Domingo es
salir a pasear con el Tripp y que la calle esté admirable como nunca.
Domingo es
cientos de abrazos de gol.
Domingo es
el mediodía más apacible en la plaza San Martín.
Domingo es
escaparse por abajo de la mesa en la casa de la abuela.
Domingo es
horas peloteando e inventando juegos con chicos que recién conociste.
Domingo es
un amanecer completo acostado en el pasto.
Domingo es
que te pregunten “¿Qué tenés ganas de hacer?” y que de tantas ideas no puedas
decir ninguna.
Domingo es
andar en bicicleta por la calle de tierra y tratar de meterse en la casa
abandonada.
Domingo es
dar una vuelta antes que nada y recordar el silencio.
Domingo es
buscar tréboles en algún club que no conocías.
Domingo es
el olor a río cuando todavía no te espabilaste bien.
Domingo es
un desayuno con regalos que te habías olvidado, de los que ya no tenés más.
Domingo es
el día que venías esperando toda la semana para hacer algo diferente.
Domingo es
llevarte una pila de recuerdos como parte de herencia.
Domingo es
tener un rato para disfrutar con esa gente que nunca tenés un rato para
disfrutar.
Domingo es
darte cuenta que pensabas que es el día más depresivo de la semana hasta que le
encontraste la vuelta y supiste por qué lado mirarlo.
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