Cuando se derrumbaron las paredes.
Sentí que las paredes se derrumbaban, sentí que ya no había jaula para el cardenal aquel. La casa se caía y la pileta se hacia mar. No me convencieron con los hologramas. Es que los fueron convenciendo a todos. A todos les dijeron que agua y alpiste no les faltaría. A más de uno le prometieron una fruta que acabó con la discusión. Es así la cosa, simple. Vos te mostrás, de vez en cuando (y más te vale) cantás. Te cierran la puerta y hasta mañana. Muestra, canto y hasta mañana otra vez. Ya todos se olvidaron del bosque y de recolectar, y por sobre todo se olvidaron qué son, y que su ser está en la libertad. Yo les dije que no, ni por las frazadas ni por el café con leche. Lo que me pasó es que, cuando salís, te das cuenta que el azúcar es rubia y que las canas valen la pena si crecen por vivir de más. Cuando me asomé los vi tan contentos por las guirnaldas, que nunca vieron los grilletes. No me quedaron dudas. Sobre todo cuando pasó el del monociclo, que se reía y no tenía abrigo. ...