Luciérnagas.
Vuelve a aparecer el río, entre corridas y cansancio, con la marea que simplifica el motor. El agua baja desde el Amazonas y viaja hacia el mar. Las cabezas tienen que entender eso, que simplemente son un gran río, y que no hay forma de detener el agua. Si el agua se estanca, no podemos beberla más. La ciudad a la que entramos buscando una causa y una corona para todos, tiene una salida inmediata, más cerca de lo que creemos. Una barranca, con una palmera, el río y la isla en frente. Si cada cabeza podría ver el camino de tierra, cualquier camino de tierra, no necesitaría pastillas para dormir, ni pastillas para despertar. El constante tráfico de sensaciones que fueron depositadas en este río, llega cuando ya podemos escuchar el agua. El agua llega a la orilla. Las sensaciones se esfuman como luciérnagas, afloran en otro lugar, y se estabilizan. Los barcos pasan repletos de historias andantes que se susurran solas y siguen su recorrido. Los caricias en la orilla, los amaneceres...