Bajemos a la barranca
En la barranca está el punto de vista que preciso para no ceder ante el gris que se come todo. Un fruto espinado que empieza a mostrar su flor cuando la última semana de septiembre lo baña con su sol. Hay caminos camuflados donde te dijeron que había precipicio, y se parte el día al cruzar la barrera que en realidad nunca estuvo. Escombros de estructuras que ya no están, pájaros que le cantan al atardecer y una oxidada escalera a la nada. Cada onda que dibuja la corriente sobre el agua cura mis ojos y mi percibir. La belleza propia de la cosa en sí se puede ver cuando no hay tanto estímulo que nuble la vista. La calma y el color del río endulzan como miel a las relaciones, a la comunicación y a la mirada de unos ojos marrones. Mis recuerdos de caramelo son la prueba: un beso al amanecer, el Paraná en los ojos de la chica de San Isidro, o la vez que vimos un yacaré. Una vez creí perder mis llaves, pero al bajar de vuelta, las encontró una compañera de hechicería y rulos ...