Bajemos a la barranca
En la barranca está el punto de vista que preciso para no ceder ante el gris que se come todo.
Un fruto espinado que empieza a mostrar su flor cuando la última semana de septiembre lo baña con su sol.
Hay caminos camuflados donde te dijeron que había precipicio, y se parte el día al cruzar la barrera que en realidad nunca estuvo.
Escombros de estructuras que ya no están, pájaros que le cantan al atardecer y una oxidada escalera a la nada.
Cada onda que dibuja la corriente sobre el agua cura mis ojos y mi percibir.
La belleza propia de la cosa en sí se puede ver cuando no hay tanto estímulo que nuble la vista.
La calma y el color del río endulzan como miel a las relaciones, a la comunicación y a la mirada de unos ojos marrones.
Mis recuerdos de caramelo son la prueba: un beso al amanecer, el Paraná en los ojos de la chica de San Isidro, o la vez que vimos un yacaré.
Una vez creí perder mis llaves, pero al bajar de vuelta, las encontró una compañera de hechicería y rulos en bicicleta.
Cuando el tráfico quiere arrebatarme la empatía, puedo bajar y recordar el dolor en mis raíces y el vuelo en nuestros días de rebeldía.
En la barranca esta la chance de encontrar lo que el río deposita en nuestro andar para ser corriente.
En la barranca está la piel del día, que se eriza cuando el atardecer con acuarelas le pinta el paisaje.
En la barranca están los ojos que ven, el corazón que late y el presente que resucita.
Un fruto espinado que empieza a mostrar su flor cuando la última semana de septiembre lo baña con su sol.
Hay caminos camuflados donde te dijeron que había precipicio, y se parte el día al cruzar la barrera que en realidad nunca estuvo.
Escombros de estructuras que ya no están, pájaros que le cantan al atardecer y una oxidada escalera a la nada.
Cada onda que dibuja la corriente sobre el agua cura mis ojos y mi percibir.
La belleza propia de la cosa en sí se puede ver cuando no hay tanto estímulo que nuble la vista.
La calma y el color del río endulzan como miel a las relaciones, a la comunicación y a la mirada de unos ojos marrones.
Mis recuerdos de caramelo son la prueba: un beso al amanecer, el Paraná en los ojos de la chica de San Isidro, o la vez que vimos un yacaré.
Una vez creí perder mis llaves, pero al bajar de vuelta, las encontró una compañera de hechicería y rulos en bicicleta.
Cuando el tráfico quiere arrebatarme la empatía, puedo bajar y recordar el dolor en mis raíces y el vuelo en nuestros días de rebeldía.
En la barranca esta la chance de encontrar lo que el río deposita en nuestro andar para ser corriente.
En la barranca está la piel del día, que se eriza cuando el atardecer con acuarelas le pinta el paisaje.
En la barranca están los ojos que ven, el corazón que late y el presente que resucita.
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