Itza y los paia
Itza resume al grito de "paia!" lo que nuestra lengua explica embrollándose en varias palabras. Es que paia designa a todo lo que vuela. Paia puede ser un gorrión, pero también un avión o una mariposa. En sus casi dos años de bagaje en nuestro planeta, y menos de 20 palabras adquiridas, Itza supo designar mejor que todo el conjunto de palabras y convenciones que carga un diccionario.
Será que el mensaje que trae esta generación de niños luminosos y puros sin el barro de la cultura, es el de la simplicidad. Los paia que nombra Itza, la aceptación y fácil comprensión de las identidades disidentes, la seguridad en sus pasos. Vienen a mostrarnos la cosa en sí, a explicarnos que el verde ya estaba en el pasto antes de que tratemos de mezclar el azul y el amarillo. Pueden ver la carne y el alma de todo lo que anda, y así resuelven mejor y más fácil.
La noche fue intensa cuando nos entregamos a la experiencia. Luego de un buen rato mirando el fuego para que encienda lo de adentro, encendió. Fuimos a la cascada, el point de hace miles de años que nos ubicó acá y ahora. Conceptos del agua universal que vuelven a mí, humo caliente y medicinal en nuestros pulmones, gratitudes y a internarse en la naturaleza.
Llegamos a la curva del arroyo, nos sentamos, y a cada uno le bajó la data que le tenía que bajar. El paredón de tierra, agua que corre y un cielo pintado con asteroides inmóbiles o no tanto: el litoral en todo su esplendor. Vinieron pensamientos de lo que habrá sucedido en este lugar, sobre la inmensidad necesaria, sobre la puerta y sobre entrar. Hubo una respuesta en el arroyo. La alegría de compartirlo con hermanos.
Nos paramos, miramos al cielo, y mientrás veíamos un avión o un satélite, dije "en el cielo pasan un montón de cosas" y apenas cierro mis labios, algo atravesó el cielo con mucha más velocidad. Lo vimos todos. No fue un avión, iba muy rápido. No fue una estrella fugaz, no era tan luminosa. ¿Qué fue? Eso, justamente, fue un paia.
Será que el mensaje que trae esta generación de niños luminosos y puros sin el barro de la cultura, es el de la simplicidad. Los paia que nombra Itza, la aceptación y fácil comprensión de las identidades disidentes, la seguridad en sus pasos. Vienen a mostrarnos la cosa en sí, a explicarnos que el verde ya estaba en el pasto antes de que tratemos de mezclar el azul y el amarillo. Pueden ver la carne y el alma de todo lo que anda, y así resuelven mejor y más fácil.
La noche fue intensa cuando nos entregamos a la experiencia. Luego de un buen rato mirando el fuego para que encienda lo de adentro, encendió. Fuimos a la cascada, el point de hace miles de años que nos ubicó acá y ahora. Conceptos del agua universal que vuelven a mí, humo caliente y medicinal en nuestros pulmones, gratitudes y a internarse en la naturaleza.
Llegamos a la curva del arroyo, nos sentamos, y a cada uno le bajó la data que le tenía que bajar. El paredón de tierra, agua que corre y un cielo pintado con asteroides inmóbiles o no tanto: el litoral en todo su esplendor. Vinieron pensamientos de lo que habrá sucedido en este lugar, sobre la inmensidad necesaria, sobre la puerta y sobre entrar. Hubo una respuesta en el arroyo. La alegría de compartirlo con hermanos.
Nos paramos, miramos al cielo, y mientrás veíamos un avión o un satélite, dije "en el cielo pasan un montón de cosas" y apenas cierro mis labios, algo atravesó el cielo con mucha más velocidad. Lo vimos todos. No fue un avión, iba muy rápido. No fue una estrella fugaz, no era tan luminosa. ¿Qué fue? Eso, justamente, fue un paia.

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