Afrobeat en el bosque
Punta del Diablo, Rocha, Uruguay.
24/02/2020
Las irregularidades de la arena traen sus complicaciones a la hora de bailar. Le piden a nuestros pies poder sentir las caricias de sus plantas, para que cada grano se entrelace entre los dedos. El ritmo del corazón y de la memoria genética pulsa sobre el cuerpo y no detiene su mover, su hacerse arte en el movimiento mismo.
Golpes de parches, melodías, el nacimiento de un género que se ha ramificado desde Nigeria hacia todo el mundo. Justo aquí, en los pinares de Rocha, en el bosque de Punta del Diablo vengo a encontrarme las percusiones ancestrales, los vientos potentes que arremeten corporalidades, los bajos ensalsados de principio a fin. El afrobeat que me busca y me encuentra, que se hace trance en todo el globo, que siempre tiene su fuerza para mí. Ritmos que repercuten mi cuerpo, melodías que dibujan en el aire, armonías que erigen la estructura de mi sentir. Sonrío y bailo. Pongo el cuerpo y todo se transforma. El aire ya no es el mismo. Fundimos energía en ronda con los seres que comparto. Mi compañera sonríe al verme. Sabe lo que se nos viene. Esto es amor, y fuerza.
Hay cosas que nos hacen saber que estamos donde tenemos que estar. Porque este es el camino de los árboles que crecen, de las ramas y las raíces, de la tierra y el aire.
Yo habito estos bosques por segunda vez. Miro y sueño con casas que alberguen mi perecer. Admiro al mar romperse sobre rocas milenarias, pensando en el borde del mapa, soñando con África. Valoro mi pasado y disfruto mi presente, desde el amor, la soledad y hasta desde el temor.
Las percusiones del candombe en el carnaval tienen su origen en el mismo lugar. En mi billetera guardo un pedazo de mapa que supe encontrar. Hay cosas que no sólo son cosas, sino que son señal. Mis ojos están atentos en el bosque y atentos en la ciudad. Mi pluma ya no duerme. No hay tiempo para callar.
24/02/2020
Las irregularidades de la arena traen sus complicaciones a la hora de bailar. Le piden a nuestros pies poder sentir las caricias de sus plantas, para que cada grano se entrelace entre los dedos. El ritmo del corazón y de la memoria genética pulsa sobre el cuerpo y no detiene su mover, su hacerse arte en el movimiento mismo.
Golpes de parches, melodías, el nacimiento de un género que se ha ramificado desde Nigeria hacia todo el mundo. Justo aquí, en los pinares de Rocha, en el bosque de Punta del Diablo vengo a encontrarme las percusiones ancestrales, los vientos potentes que arremeten corporalidades, los bajos ensalsados de principio a fin. El afrobeat que me busca y me encuentra, que se hace trance en todo el globo, que siempre tiene su fuerza para mí. Ritmos que repercuten mi cuerpo, melodías que dibujan en el aire, armonías que erigen la estructura de mi sentir. Sonrío y bailo. Pongo el cuerpo y todo se transforma. El aire ya no es el mismo. Fundimos energía en ronda con los seres que comparto. Mi compañera sonríe al verme. Sabe lo que se nos viene. Esto es amor, y fuerza.
Hay cosas que nos hacen saber que estamos donde tenemos que estar. Porque este es el camino de los árboles que crecen, de las ramas y las raíces, de la tierra y el aire.
Yo habito estos bosques por segunda vez. Miro y sueño con casas que alberguen mi perecer. Admiro al mar romperse sobre rocas milenarias, pensando en el borde del mapa, soñando con África. Valoro mi pasado y disfruto mi presente, desde el amor, la soledad y hasta desde el temor.
Las percusiones del candombe en el carnaval tienen su origen en el mismo lugar. En mi billetera guardo un pedazo de mapa que supe encontrar. Hay cosas que no sólo son cosas, sino que son señal. Mis ojos están atentos en el bosque y atentos en la ciudad. Mi pluma ya no duerme. No hay tiempo para callar.
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