Demoliciones de cuentos para que puedas dormir
Vuelan escombros, ladrillos y azulejos en una construcción.
Si me asomo un poquito puedo ver que, lo que antes era una casa, hoy
simplemente es un espacio vacío, con sus paredes en el fondo, y trabajadores
poniendo su fuerza para que el espacio quede como si nada hubiera habido ahí,
para que una estructura mayor pueda erigirse allí.
No sólo vuelan trozos físicos de lo que supo ser una casa,
también vuelan así las vivencias de lo que supo ser un hogar. Esos detalles que
hacían de algunas paredes, un lugar habitado por seres humanos, con sus
individualidades. Es así que entre las paredes derrumbadas pueden verse
garabatos que algún niño dibujó, y por los cuales se quedó sin postre esa
noche. Entre los azulejos que van a parar al volquete esta ese que alguien
miraba fijamente con cara de loco mientras tomaba el primer mate del día. Vuela
el rinconcito en el que el perro descansaba, vuelan las escaleras que llevaban
a dos personas al descanso, al desvelo, a la soledad compartida, a las sábanas
prendidas fuego, a la película que nunca terminaba de ser vista.
No son mosaicos nomás. Son jeroglíficos que alguien
imaginaba entre los patrones del mármol.
No son escombros. Son caras escondidas en las manchas de humedad,
que te miran con distintos ánimos dependiendo de tu estado.
No son ladrillos. Son asilos frente a los fuertes vientos
que arremeten las mañanas en las que posponemos alarmas entre sueños.
Se derrumban historias completas y no tanto, a martillazos,
que detienen su destrucción a la hora del sanguche de milanesa, y continúan
cayéndose cuando llega la topadora. Demoliciones de cuentos para que puedas dormir,
que habilitan nostalgias al pasar por la vereda, y permiten la construcción de nuevas
historias por nacer, apiladas en pisos y departamentos, que tal vez nunca sean habitados.
Donde supo vivir una familia que aprendió a ser familia en su convivencia, hoy
se erige una bestia gris sin vida, una maqueta gigante, que tal vez tarde
meses, años en albergar nuevas vivencias, en dar calor a nuevas corporalidades,
mientras a 30 metros dos personas comparten una frazada, en la entrada al
estacionamiento de otra maqueta gigante que tampoco está habitada todavía.
Empresarios ansiosos eligen, desalojan, destruyen, construyen
y ponen en venta, para que su plata se mueva y baile para el mejor postor.
Familias recorren la calle buscando un lugar donde no moleste su descanso, mientras
miran como se levantan edificios vacíos, donde nadie descansa.
Camino mi barrio y paso por lo que era la casa del Colo. Ya
no están sus perros ladrando desde la terraza. Donde estaban hay un balcón, de
un departamento, donde alguien, tal vez, algún día, ponga algunas plantas, que
serán regadas y bañadas por el sol, durante dos años, hasta el día que figura
en un papel firmado y sellado, hasta ese día en que venga un camión y se lleve
todas las historias que se forjaron ahí, en ese balcón, que tiene vista a otro
balcón, que está vacío.
Y mañana, cuando me despierte, voy a escuchar los martillos,
que destruyen historias que fueron, o que construyen historias que tal vez
serán.
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