La autonomía de la poesía
Con la poesía es así en mí. Capaz que por dos años me pierdo en las interesantes cotidianeidades, y casi ni hay papeles dando vueltas. Y en un verano mi birome se vuelve catarata incesante de palabras que brotan como agua del Amazonas.
Cada tanto aparece alguna tristeza salvadora que me inspira, y mis mambos juegan a disfrazarse de pájaros, colectivos o de alguna otra metáfora pasajera.
Hay días que quiero escribir sobre tal cosa, y no le encuentro la forma. Hasta que de repente aparece otra, que puede ser un atardecer o un encuentro casual prolongado, y arma frases en mi cabeza que ruegan ser recordadas al menos en la ducha.
Si querés crear material nuevo y sos trapecista, no tenés que buscar videos de trapecistas. Capaz tenés que buscar en algún comic, o en música de África. Eso me explicó hoy una muchacha de ojos curiosos sobre la inspiración.
La poesía es autónoma. Decide ella. No le importa si tenés sueño, o si estás en un recital con ciento cincuenta mil personas. Se presenta cuando ella quiere, y para colmo, nos hace sentir afortunados.
Le gusta esconderse en lugares nuevos siempre. Cuando la vas a buscar donde la encontraste la semana pasada, solamente encontrás pelusa. Y tiene razón. Si lo último que escribiste fue sobre botes del laguito, ¿que hacés sacando boletos de vuelta? Entonces te volvés caminando a casa sin poesía en los bolsillos, y justo ahí se aparece, en la puerta de una escuela donde salen los pibes en fila desordenada.
Ya la tenés, la encontraste de vuelta. Tenés una frase de esas que, cuando apoyás la birome sobre el cuaderno para plasmarla, brota con cientos de palabras que se acomodan para la foto.
Es así, es una visita inesperada que te toca el timbre justo cuando te estás poniendo cómodo. Hagámosla pasar. La comodidad es para los jubilados.
Yo no me quiero jubilar. Yo quiero escribir. Viajar y necesitar un cuaderno más.
Cada tanto aparece alguna tristeza salvadora que me inspira, y mis mambos juegan a disfrazarse de pájaros, colectivos o de alguna otra metáfora pasajera.
Hay días que quiero escribir sobre tal cosa, y no le encuentro la forma. Hasta que de repente aparece otra, que puede ser un atardecer o un encuentro casual prolongado, y arma frases en mi cabeza que ruegan ser recordadas al menos en la ducha.
Si querés crear material nuevo y sos trapecista, no tenés que buscar videos de trapecistas. Capaz tenés que buscar en algún comic, o en música de África. Eso me explicó hoy una muchacha de ojos curiosos sobre la inspiración.
La poesía es autónoma. Decide ella. No le importa si tenés sueño, o si estás en un recital con ciento cincuenta mil personas. Se presenta cuando ella quiere, y para colmo, nos hace sentir afortunados.
Le gusta esconderse en lugares nuevos siempre. Cuando la vas a buscar donde la encontraste la semana pasada, solamente encontrás pelusa. Y tiene razón. Si lo último que escribiste fue sobre botes del laguito, ¿que hacés sacando boletos de vuelta? Entonces te volvés caminando a casa sin poesía en los bolsillos, y justo ahí se aparece, en la puerta de una escuela donde salen los pibes en fila desordenada.
Ya la tenés, la encontraste de vuelta. Tenés una frase de esas que, cuando apoyás la birome sobre el cuaderno para plasmarla, brota con cientos de palabras que se acomodan para la foto.
Es así, es una visita inesperada que te toca el timbre justo cuando te estás poniendo cómodo. Hagámosla pasar. La comodidad es para los jubilados.
Yo no me quiero jubilar. Yo quiero escribir. Viajar y necesitar un cuaderno más.
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