El gran baile alternativo

Mientras el sol se esconde detrás de los edificios, atravieso la urbe en mi bicicleta. Semáforos con tiempos sin sentido, bocinas ansiosas irascibles, horas pico que pican para los que pican.

Quienes pueden atardecen en barrancas o ven caer el sol por la ventana, mientras se funden en cariños o buñuelos. A otros les toca hacerse carne con los embotellamientos, volviéndose lúgubre tránsito en avenidas que buscan ser venas transportando bienes, servicios y seres humanos.

Un viento sur sopla la ciudad, que ya va colmando sus departamentos. Es el otoño que toca la puerta, con sus pantalones largos y sus agendas completas. También trae la conciencia de que el verano se despide, y es como ver a lo lejos ese chapuzón en el arroyo que no te llegaste a dar. Aunque haya trabajo todo el año, es volver a clases, después de haberse aventurado a cruzar cordilleras y vivir del fuego que admiran o ignoran quienes conducen sus vehículos.

Defiendo a garrotazos mi licencia para salir de aventuras a explorar el globo terráqueo. Busco rutas de continentes desconocidos en noches de desvelo, navegando en mantras sativos. Sueño con selvas vírgenes llenas de animales nunca vistos por nosotros los litoraleños, sociedades con saberes que se creían perdidos, experiencias únicas para los amantes del confort. Me rehúso a saber por el resto de mis días qué va a pasar mañana, por eso imagino y planeo tiempos de incertidumbres seductoras en tierras inexploradas.

Mientras tanto extraigo el azúcar de la caña de mi ciudad, usina eterna creadora de cultura, puerto receptor de manifestaciones. Me encuentro con bellos compañeros para levantar cimientos que contribuyan al gran baile alternativo, y entre construcciones conozco seres que me recorren con pasos que acarician. Bailamos porque tenemos cuerpos, y porque abunda el arte que nos hace bailar.

Lo sagrado de las celebraciones compartidas debe tener lugar en nuestra cotidianeidad, para esquivarle a la pulsión de muerte, a la vejez prematura. Y eso lo sabemos bien.

En tiempos de platos vacíos y préstamos impagables, es nuestra responsabilidad gritar. Y si lo nuestro es celebrar, gritar será agrandar la ronda, bailar con los excluídos. Extender la manta del placer para que quepamos todos. Tomar las calles y festejar que esta compañía no nos la podrán sacar.

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