Soledades, morteros e incayuyo.

Río Quilpo, Córdoba, Argentina
13/01/2019

Hoy siento gratitud. La mañana me despertó en las tres piletas del Río Quilpo, tras haberme presentado dos imponentes animales la noche anterior explicándome: "estás en la naturaleza".

Alan y Juli volvieron a brindarme su compañía, ayuda y buena cara en el desayuno. Luego de desarmar sin avispar, la llovizna me acompañó hasta la ruta. No más de 30 minutos fueron necesarios para que Joaquín, Tania, Ahustín y Majo me levanten en su camioneta y me dejen aquí, en el Vado de López, del Río Quilpo.

Fui buscando y eligiendo el espacio que decida darle asilo a mi carpa, y encontré este hermoso lugar que me acogió. Un círculo de árboles abierto, una fogata cerca y mi protección de piedras blancas. Es inmensa la gratitud que siento para con estas sierras, este río, y para con la eterna Madre Naturaleza por permitirme estar aquí, por colaborar con mi crecimiento y por sanar mi ser.

Luego de levantar mi carpa vuelvo a encontrarme con el Negro, Tomi, Bianca y Tita, quienes muestran su hogar, me comparten lo suyo y brindan su compañía. Compartimos una caminata y me mostraron lugares importantes para los comechingones: morteros y parideras entre las piedras que soportan (y son transformadas y transformadoras por) la corriente del Quilpo. En este lugar las mujeres comechingonas daban a luz a sus hijos, y esa energía de vida se siente, mientras fumamos incayuyo que ingresa en mis pulmones con intención sanadora.

Vuelvo a la carpa, fumo y tomo este cuaderno. Soy conciente de la tormenta emocional que cala bien hondo en mi corazón. Disfruto humanas compañías pero estoy solo en este bosque. Entiendo la necesidad de aprendizaje y sanación que me trajo a este lugar. Respiro aire puro, no contamino mis oídos. Agradezco.

Pienso que sólo mantuve un diálogo con las personas que me tenía que encontrar y valoro la bella humanidad de cada ser que me cruzo. Cada conversación, cada mate, cada abrazo. Toda conexión tiene sentido, y eso me ayuda a mejorar el ojo con el que veo a las personas con las que decido compartir. Vuelvo a agradecer porque realmente soy muy afortunado de vivir estas experiencias y concoer a las personas que me toca conocer.

Sigo y recorro el curso del Río Quilpo, que es magnífico, que es anciano, y que supo ver muchas que sucedieron en estas sierras. Cuando sea el momento y el río lo permita, avanzaré hasta Casa de Piedra. Sé que algo me tengo que encontrar en ese lugar, pero entiendo y respeto los tiempos de la naturaleza, que son los que guían mi andar.

Vuelvo a sentir esa incertidumbre de no saber que pasará mañana. Vivo nostalgias (o mejor, saudades) que me hacen dar cuenta de lo mucho que siento. Canto canciones que me hacen sonreís y tal vez derramar alguna que otra lágrima. Aprovechando los últimos minutos de luz natural para escribir estas palabras, sigo sintiéndome agradecido y pienso: "¡qué suerte la mía de poder vivir cosas tan hermosas!".

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