El mensaje del cardenal
Tiro los dados: 2. Avanzo dos casilleros. Saco una carta y me dice: "Retroceda un casillero". Y en esa estamos.
El rosedal me viene recibiendo estos días con sus cuarentipico de especies de rosas, sus estatuas, encuentros casuales y algún que otro cardenal que me engatuza un buen rato.
Eso, hablemos de los cardenales. Eso es más noble que relatar mis mambos haciéndome el poeta. ¿Serán una señal? ¿Me quieren decir algo? Intentaré recuperar esa visión para con los cardenales (y mis mambos).
Hace unos días bordeaba el río buscando observar más y darle aire a mis pensamientos. Atrás del Parque a la Bandera, en soledad y con pescadores a la lejanía, ahí se presenta un cardenal. Bañándose en un charco embarrado y secándose al sol. Pájaro del humedal que cruza la vena de agua y encuentra asilo en la ciudad. La crecida que arrasa la comodidad de las especies y el hombre que se ocupa de talar el verde y aturdir, fueron trayendo acá a este cardenal que ante mí se presenta. Que no viene a traerme un mensaje a mí, sino que es de por sí un mensaje. Que se baña en el barro y se seca con los rayos solares que calientan el metal de un tacho de basura. ¡Esto es una auténtica señal! Y no porque se haya forzado en serlo para mí, sino por ser yo quien toma tal o cual ruta con intención observadora y se encuentra con tal espécimen con toda su simpatía y litoralidad.
El cardenal encuentra en la ciudad (y en cualquier otro lado) lo que precisa para subsistir y, de hecho, para pasarla bien. Al lado del río, en el espacio mas tranquilo de todo el parque, encuentra el charco ideal para mojar su cuerpo entero estando parado, y sacudirse con la cabeza afuera. Vuela un metro para posarse sobre el borde de un tacho de basura, que el sol le dé de lleno y así poder secarse disfrutando la frescura y sintiendo como se desvanece por el sol de febrero.
Sí, sería hermoso que esto sea un bosque húmedo virgen con todas las características del bioma del litoral, y que a los seres humanos no se les hubiera ocurrido construir edificios, instituciones y esas cosas para mudarse de a millones justo acá. Pero bueno, el cardenal encuentra la forma de alimentarse, hacer todo lo que necesita y pasarla bien en el mientras tanto. Capaz, en ese tacho basura donde reposa, encuentre los restos de las tortas fritas que algún pibe comió anteayer mientras escribía sus mambos camuflados en una metáfora barata, almuerce eso y salga a dar vueltas sobrevolando el Paraná, para terminar el día viendo caer el sol en algún árbol tranquilo.
¿Entendés? El cardenal no se mambea. Ni porque está solo, ni porque perdió Banfield, ni porque la humanidad la re cagó, ni por nada. No se mambea.
Las rosas eligen la gama de colores que adorna el instante, el sol baja y los pájaros del Parque Independencia recorren los nidos de los eucaliptos mas altos, disfrutando los rayos del sol que solo ahí llegan. Está lleno de señales por todos lados. Está en los ojos y en la forma de observar la capacidad de verlas y desglosarlas. Es fácil (¡y qué bonito es!) andar buscando señales por las sierras. Pero igual de importantes es hacerlo acá, entre el murmullo y el tránsito.
Me doy vuelta justo cuando el último rayo del sol se escabulle entre las ramas y me acaricia la cara hasta esconderse detrás del hipódromo. Una chica se acerca a ofrecerme stickers con sus dibujos. El día se despide y creo que ya es hora de mover.
Esto es lo que tenemos. Estos lugares, un puñado de lindas personas que eligen estar cerca, varias ideas y la posibilidad de compartir. Es mucho, no? No hace falta una revelación para valorar un poco mas lo que tenemos. Se agradece todo eso, y se agradece también el privilegiado punto de partida.
Hay que seguir buscando algo bueno para hacer por alguien, buscando la forma de ser feliz sin dependencias, y capaz, entre ramas aparece una nueva señal.
El rosedal me viene recibiendo estos días con sus cuarentipico de especies de rosas, sus estatuas, encuentros casuales y algún que otro cardenal que me engatuza un buen rato.
Eso, hablemos de los cardenales. Eso es más noble que relatar mis mambos haciéndome el poeta. ¿Serán una señal? ¿Me quieren decir algo? Intentaré recuperar esa visión para con los cardenales (y mis mambos).
Hace unos días bordeaba el río buscando observar más y darle aire a mis pensamientos. Atrás del Parque a la Bandera, en soledad y con pescadores a la lejanía, ahí se presenta un cardenal. Bañándose en un charco embarrado y secándose al sol. Pájaro del humedal que cruza la vena de agua y encuentra asilo en la ciudad. La crecida que arrasa la comodidad de las especies y el hombre que se ocupa de talar el verde y aturdir, fueron trayendo acá a este cardenal que ante mí se presenta. Que no viene a traerme un mensaje a mí, sino que es de por sí un mensaje. Que se baña en el barro y se seca con los rayos solares que calientan el metal de un tacho de basura. ¡Esto es una auténtica señal! Y no porque se haya forzado en serlo para mí, sino por ser yo quien toma tal o cual ruta con intención observadora y se encuentra con tal espécimen con toda su simpatía y litoralidad.
El cardenal encuentra en la ciudad (y en cualquier otro lado) lo que precisa para subsistir y, de hecho, para pasarla bien. Al lado del río, en el espacio mas tranquilo de todo el parque, encuentra el charco ideal para mojar su cuerpo entero estando parado, y sacudirse con la cabeza afuera. Vuela un metro para posarse sobre el borde de un tacho de basura, que el sol le dé de lleno y así poder secarse disfrutando la frescura y sintiendo como se desvanece por el sol de febrero.
Sí, sería hermoso que esto sea un bosque húmedo virgen con todas las características del bioma del litoral, y que a los seres humanos no se les hubiera ocurrido construir edificios, instituciones y esas cosas para mudarse de a millones justo acá. Pero bueno, el cardenal encuentra la forma de alimentarse, hacer todo lo que necesita y pasarla bien en el mientras tanto. Capaz, en ese tacho basura donde reposa, encuentre los restos de las tortas fritas que algún pibe comió anteayer mientras escribía sus mambos camuflados en una metáfora barata, almuerce eso y salga a dar vueltas sobrevolando el Paraná, para terminar el día viendo caer el sol en algún árbol tranquilo.
¿Entendés? El cardenal no se mambea. Ni porque está solo, ni porque perdió Banfield, ni porque la humanidad la re cagó, ni por nada. No se mambea.
Las rosas eligen la gama de colores que adorna el instante, el sol baja y los pájaros del Parque Independencia recorren los nidos de los eucaliptos mas altos, disfrutando los rayos del sol que solo ahí llegan. Está lleno de señales por todos lados. Está en los ojos y en la forma de observar la capacidad de verlas y desglosarlas. Es fácil (¡y qué bonito es!) andar buscando señales por las sierras. Pero igual de importantes es hacerlo acá, entre el murmullo y el tránsito.
Me doy vuelta justo cuando el último rayo del sol se escabulle entre las ramas y me acaricia la cara hasta esconderse detrás del hipódromo. Una chica se acerca a ofrecerme stickers con sus dibujos. El día se despide y creo que ya es hora de mover.
Esto es lo que tenemos. Estos lugares, un puñado de lindas personas que eligen estar cerca, varias ideas y la posibilidad de compartir. Es mucho, no? No hace falta una revelación para valorar un poco mas lo que tenemos. Se agradece todo eso, y se agradece también el privilegiado punto de partida.
Hay que seguir buscando algo bueno para hacer por alguien, buscando la forma de ser feliz sin dependencias, y capaz, entre ramas aparece una nueva señal.
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