San Isidro.
San Isidro, Salta, Argentina.
9/01/2015
Simple maravilla de la complejidad natural. En la altura de este lugar parece que lo único a ocultar es el mismo lugar, y sin embargo sólo necesitamos extremidades y vida para llegar. Los niños que aman todo esto, los burros y los corderos, la mirada simple, la nieve para jugar, la vida sana con sus ganas de vivir. Aquí vivir es el placer, no el padecer.
Algo en mí despertó ayer. Profundo respeto tras la alucinante caminata, cada paso fue un sorbo de sabiduría. Una puerta que me saluda y la dejo pasar; puerta que al rato se abriría para mi alunizar. Lo indescriptible de haberla cruzado y saber que aquí me debía quedar. El viento interior recorriéndome, los lagrimales se activaron para anunciarme algo: ya estuviste acá, o a aquí vas a estar. Un mensaje de la esencia, con tonalidades de dulce realidad norteña.
Las palabras son pobres; las fotografías, nulas. Esto nos enseña la fuerte conexión entre lo que antes creían inconexo. Los sentidos se nutren de luz que viaja hacia nuestra alma. No hay descripción humana que alcance lo que el creador dibujó con su fuego inicial. Se vive, no se dice. Se respeta, no se avasalla. El calor del silencio es la enseñanza de vida.
Sabios son los lugareños que libros no necesitan. La práctica día a día de una vida casi impensada para el siglo XXI. Las bocinas no se conocen, los pájaros son quienes hablan. El saber vive en el transcurrir, en la caminata, en entender la paz con que se manejan los burros.
Una puerta se abrió en mí, y creo estar entendiéndolo. Debo regresar, para festejar y caminar. Comprendo que hay algo mágico en esta región que debo descubrir. San Isidro es la puerta, pero no sé si es aquí. Tal vez sea en San Juan, tal vez en la laguna, o tal vez en las yungas. O más bien será en alguno de los caminos. Será un rayo de sol.
9/01/2015
Simple maravilla de la complejidad natural. En la altura de este lugar parece que lo único a ocultar es el mismo lugar, y sin embargo sólo necesitamos extremidades y vida para llegar. Los niños que aman todo esto, los burros y los corderos, la mirada simple, la nieve para jugar, la vida sana con sus ganas de vivir. Aquí vivir es el placer, no el padecer.
Algo en mí despertó ayer. Profundo respeto tras la alucinante caminata, cada paso fue un sorbo de sabiduría. Una puerta que me saluda y la dejo pasar; puerta que al rato se abriría para mi alunizar. Lo indescriptible de haberla cruzado y saber que aquí me debía quedar. El viento interior recorriéndome, los lagrimales se activaron para anunciarme algo: ya estuviste acá, o a aquí vas a estar. Un mensaje de la esencia, con tonalidades de dulce realidad norteña.
Las palabras son pobres; las fotografías, nulas. Esto nos enseña la fuerte conexión entre lo que antes creían inconexo. Los sentidos se nutren de luz que viaja hacia nuestra alma. No hay descripción humana que alcance lo que el creador dibujó con su fuego inicial. Se vive, no se dice. Se respeta, no se avasalla. El calor del silencio es la enseñanza de vida.
Sabios son los lugareños que libros no necesitan. La práctica día a día de una vida casi impensada para el siglo XXI. Las bocinas no se conocen, los pájaros son quienes hablan. El saber vive en el transcurrir, en la caminata, en entender la paz con que se manejan los burros.
Una puerta se abrió en mí, y creo estar entendiéndolo. Debo regresar, para festejar y caminar. Comprendo que hay algo mágico en esta región que debo descubrir. San Isidro es la puerta, pero no sé si es aquí. Tal vez sea en San Juan, tal vez en la laguna, o tal vez en las yungas. O más bien será en alguno de los caminos. Será un rayo de sol.

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