Nietzsche y bossa nova.


Tanta esencia, tanta alma, tanto espíritu. Nos estamos olvidando de algo primordial. Nuestro cuerpo es el que siente en primera instancia.

No sé si será algún discurso de Zaratustra o si será la bossa nova de fondo, pero hay algo que nos invita a salir de los recovecos de la psiquis para movernos. Dejarnos llevar por un bajo y unos vientos, salir a la ruta, disfrutar del sol del mediodía sobre la cama. La esencia es la esencia, pero el cuerpo es lo esencial. Al menos acá y ahora.

La canción puede tocar el alma, sí. Pero no sin antes romper con tu carne.
Dos horas fugases pueden hacernos conocer por dentro, luego de sentir el cosquilleo.
Puede motivarnos en el interior algún prócer. Aunque poner el pecho es exterior.

De todas formas, la realidad del cuerpo no nos debe hacer creer que no hay forma que moldee nuestra materia. Hay un mar adentro en el que podemos nadar durante horas, días, meses y perder la noción del tiempo. Pero si toda esa experiencia interior no se plasma en una realidad corpórea, no logra fundamentar su existencia. Hay que lograr que aquello que está tras las puertas modifique nuestra forma de ver la realidad, y así poder cambiar algo del mundo. Si nos quedamos nadando y nadando a puertas cerradas, y no llegamos a pisar tierra firme, ¿donde es que está lo que nos hace ser? Lo real, la vida misma es una correlación entre el arte que genera nuestra forma y  la relación con el entorno. Es hacer que nuestras palabras ocultas puedan modificar y dejarle algo a alguien, sea quien sea, donde sea que esté parado. Es aceptar las múltiples energías que nos puede dar cada integrante de este lugar, es llenarnos de eso y así poder modificar nuestras palabras ocultas. Y se logra por fuera, con el cuerpo y el movimiento.

Ese ritmo otra vez. ¿O es uno completamente nuevo? Lo escucho, lo abrazo. Ya es parte de mí.
Ya salí a la calle.

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