La respuesta está en los ojos.
Personas esperando colectivos que nunca llegan, que no existen.
Colas interminables de gente que ya no sabe para qué esta haciendo cola.
Todos se dejan llevar por las visiones que les hablan a sus bolsillos.
Ya nadie piensa en la idea de dejar esta ciudad. Ya nadie anhela.
¿Vivir para subsistir? No! Vivir para vivir, para sentirse existente.
Pero acá no es así. Parecen sobrar motivos para hundirse en el engranaje.
Cae una lluvia leve, de esas que casi ni mojan pero molestan igual.
No sabemos muy bien cuando empezó a llover. No sabemos si alguna vez no llovió.
El humo de las fábricas o la neblina casi ni dejan ver, casi imposibilitan la comunicación.
Aunque tal vez sea el polvo que levantan los autos. Debe ser eso, debería.
Una tarde paré a un tipo en la muchedumbre y le pregunte porqué.
Nunca me vió. Él no sabía que yo estaba ahí. Yo tampoco.
Reaccioné. Algo pasaba. El problema era que no pasaba nada. Todos caminaban sin ir.
Fuí a la estación tercera. No sé porqué fuí sabiendo que no pasarían trenes.
Ya no sabía que hacer. Era un pueblo muy chico realmente, ¿porqué había tanta gente?
Yo creía haber nacido ahí. Pero a decir verdad, yo tampoco recuerdo como terminó ayer.
Sé que un día me levanté gris como ellos. Supongo que se habrán acabado las respuestas.
Volví a perderme en las multitudes perdidas. Yendo y viniendo entre edificios iguales.
Todo había terminado sin empezar, hasta el último nombre de los créditos para nadie.
No tenía nombre, sólo me identificaba algún número. Había llegado el fin.
Pero ahí fué cuando pasó. Al principio pensé que era el sol, todo se veía muy claro.
Desaparecieron las dudas y todo se iluminó tanto que ya no se veía más.
Fué como ser constelación. Y como caer. Caer sin pensar en la caída, sin lugar donde caer.
Cerré los ojos o ya estaban cerrados. Los abrí y ya no estaba cayendo. Todo existía.
Sentado en una rama de un árbol. Altísimo. Podía ver el valle desde allá, detrás de las montañas.
Me decidí a bajar del árbol. Creo que tardé mucho en bajar, pero el tiempo no era algo.
Caminé varios kilómetros siguiendo el camino del río. Supe de la cueva pero no me importó.
Cruzando el agua había dos chicos jugando sentados en otro árbol. Sonrisas que hablan.
El camino fué muy largo. Pero llegué a la fogata. Ardía inevitablemente desde siempre.
Era todo lo que necesitaba y allí fué cuando me acosté. Era todo lo que necesitaba.
Me desperté, me miré al espejo, bajé las escaleras y me dirigí a la multitud.
Ahí estaba el humo, la neblina, el polvo. La falta de color, como cada día.
¿Todo había terminado? No. Ya entendí como funciona todo, ya sé que reloj buscar.
Ya sé que cuando vuelva a abrir los ojos, el valle vá a estar más cerca que ayer. Y que mañana.
Colas interminables de gente que ya no sabe para qué esta haciendo cola.
Todos se dejan llevar por las visiones que les hablan a sus bolsillos.
Ya nadie piensa en la idea de dejar esta ciudad. Ya nadie anhela.
¿Vivir para subsistir? No! Vivir para vivir, para sentirse existente.
Pero acá no es así. Parecen sobrar motivos para hundirse en el engranaje.
Cae una lluvia leve, de esas que casi ni mojan pero molestan igual.
No sabemos muy bien cuando empezó a llover. No sabemos si alguna vez no llovió.
El humo de las fábricas o la neblina casi ni dejan ver, casi imposibilitan la comunicación.
Aunque tal vez sea el polvo que levantan los autos. Debe ser eso, debería.
Una tarde paré a un tipo en la muchedumbre y le pregunte porqué.
Nunca me vió. Él no sabía que yo estaba ahí. Yo tampoco.
Reaccioné. Algo pasaba. El problema era que no pasaba nada. Todos caminaban sin ir.
Fuí a la estación tercera. No sé porqué fuí sabiendo que no pasarían trenes.
Ya no sabía que hacer. Era un pueblo muy chico realmente, ¿porqué había tanta gente?
Yo creía haber nacido ahí. Pero a decir verdad, yo tampoco recuerdo como terminó ayer.
Sé que un día me levanté gris como ellos. Supongo que se habrán acabado las respuestas.
Volví a perderme en las multitudes perdidas. Yendo y viniendo entre edificios iguales.
Todo había terminado sin empezar, hasta el último nombre de los créditos para nadie.
No tenía nombre, sólo me identificaba algún número. Había llegado el fin.
Pero ahí fué cuando pasó. Al principio pensé que era el sol, todo se veía muy claro.
Desaparecieron las dudas y todo se iluminó tanto que ya no se veía más.
Fué como ser constelación. Y como caer. Caer sin pensar en la caída, sin lugar donde caer.
Cerré los ojos o ya estaban cerrados. Los abrí y ya no estaba cayendo. Todo existía.
Sentado en una rama de un árbol. Altísimo. Podía ver el valle desde allá, detrás de las montañas.
Me decidí a bajar del árbol. Creo que tardé mucho en bajar, pero el tiempo no era algo.
Caminé varios kilómetros siguiendo el camino del río. Supe de la cueva pero no me importó.
Cruzando el agua había dos chicos jugando sentados en otro árbol. Sonrisas que hablan.
El camino fué muy largo. Pero llegué a la fogata. Ardía inevitablemente desde siempre.
Era todo lo que necesitaba y allí fué cuando me acosté. Era todo lo que necesitaba.
Me desperté, me miré al espejo, bajé las escaleras y me dirigí a la multitud.
Ahí estaba el humo, la neblina, el polvo. La falta de color, como cada día.
¿Todo había terminado? No. Ya entendí como funciona todo, ya sé que reloj buscar.
Ya sé que cuando vuelva a abrir los ojos, el valle vá a estar más cerca que ayer. Y que mañana.
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