El cóndor llega más alto que la cruz
Iruya, Salta, Argentina
19/02/2022
Hay caras en la montaña y se cuentan secretos por la noche. Recién llegábamos a Iruya, el tiempo ya era distinto y los cerros daban señales.
Se camino despacio y se habla bajito, subiendo callecitas para llegar al destino, entre gatos sobre mostradores y miradas alegres de bienvenida.
El cóndor que pintaba el cerro con su sombra te pasa cerca en el mirador, y no hay forma de explicar lo inexplicable. La inmensidad es rutina para quien elige la vida en este lugar.
Crucé la cascada, caminé unas cuadras camino a San Isidro y despertó en mí aquello que yo ya sabía. Algo hay en esta región para mí. Algo que tal vez esté adentro mío, pero que para encontrarlo tenga que caminar mucho. Las señales quisieron recordármelo, me hicieron saber hasta donde caminar, y que debería volver y buscar.
Vuelvo al pueblo, compro ungüentos bolivianos, golosinas de antaño y empanadas de quinoa y queso. Apunto al descanso, pero con una certeza fresca y la consciencia iluminada.
Hice lo que dice Mi Amigo Invencible. Encender algo para no apagarlo más.
Gracias Iruya.
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