El río es como una certeza
Tomo una pluma que encuentro en el pasto, y vos la convertís en la bandera del reino de las hormigas, mientras yo me asombro por el origen de las piñas, como niño que entendió la peli.
Una paloma blanca y una paloma negra juegan a hacernos acercar, bailando la danza compartida de las polaridades, a medida que avanzamos por el puente paso a paso. Una remonta vuelo y acaba con las dicotomías, dejándonos contemplarla, librándonos de las escasas posibilidades de las lógicas binarias.
No hay salvación para el veneno si lo que buscamos es una salvación. Hay un par de pavas para calentar, música y aire puro. Aire que se respira cuando ya no está. Aire que todo lo abarca. Aire que da.
Buscamos en el fondo del pozo la chance de tomar impulso. Buscamos acompañades, a veces desde el terror a la soledad, a veces desde el deseo elemental de las miradas que se sonríen sin bocas y que se seducen con mucha ropa.
No reneguemos de la caída. Caigamos abrazades soñando con colchones. Sin pensar en el golpe, sólo viviendo la caída. Arañar las paredes nos daña, al querer evitar lo inevitable. Caigamos. Al final hay un comienzo. Al final hay un espejo. Al final hay un halo de luz.
Al atardecer viste encenderse la luz del puente. Podías haber posado la mirada en cualquier otro lado, pero la posaste ahí, y viste la cosa suceder. Así descubrimos que esas son las estrellas fugaces de la vida cotidiana.
La bajante crea escaleras de pasto, y no hay viento helado que detenga a aquellos que quieren oír el sonido cercano del río fluir. Incluso el día más frío del año.
Imaginamos como hace 10.000 años tal vez alguien que caminaba en la noche perdido en el bosque original, se topó con el Carcarañá. Y las dudas se disiparon cuando todo se convirtió en camino.
Vos lo dijiste: el río es como una certeza.
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