La estructura oxidada
Hoy sólo es paisaje y anhelo, de llegar ahí, de sentirse también escindido de la ciudad y sus mambos, de sentirse parte del río.
Sus graffitis de algún tiempo en el que se podía llegar. Para contemplar, para ranchar. Aerosol para decir que llegué hasta ahí, y que ahí está mi nombre, resistiendo las tantas tormentas, las crecidas y bajantes, los vaivenes del urbanismo y la vida de ciudad.
Estructura testigo de construcciones de barrancas, excluidas de las manzanas por el boom inmobiliario. Testigo de hogares de chapa y alambre, de colchones de paso y pesca en el desagüe.
Estructura testigo de amaneceres aventurados de navidades y año nuevo, escapando del grito adolescente y del cachengue borracho. Testigo de besos de rocanrol, de encuentros tímidos pero deseados.
No descansa en el pasado, pues alberga futuras anécdotas (vaya uno a saber con quién), y humos abrazados de amigos encontrados por proyectos bien intencionados.
Pregunta antigua, pues ya no recuerdo cuando ha comenzado. Que cómo llego, si habrá una escalera del otro lado. ¿Sabrán los navegantes como llegar a su base? Sólo me pregunto. Lo demás, entre deseos, me lo imagino. Escalones oxidados para pisar con cuidado, y bien acompañado. Con un querer que resista el viento. Con un buen chiste, y a ver si encapuchado puedo prenderlo.
A veces pienso que algún día debo llegar. Y a veces pienso que es mejor desde acá, con juego de imaginación y tinta para mi cuaderno.
La película es mejor sin saber el final, fantaseando el relato. Qué habrá en el horizonte, y cómo se verán los edificios desde la cima de la estructura oxidada.

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