La ciudad transpirada

"La amazonia rosarina no da tregua"
dijo un amigo hace unos veranos,
y hoy lo recuerda, sofocado,
mientras planea algún viaje, a algún lado.

El pavimento cocina a fuego lento.
Las vidrieras transpiran sus liquidaciones.
Los colectivos transportan sudor y trabajo.
Y se anhelan los abanicos.

Yo ultimo detalles.
Afilo herramientas, doy abrazos.
Recargo magias para encarar los caminos
con los últimos mimos que me puede dar la ciudad.

La ciudad que pide un respiro porque no da más
de proyectos agendados,
humanos embotallados,
y porcentajes de humedad.

Bienaventurados los navegantes,
que dibujan pasos en los brazos del Paraná,
haciéndole frente a un enero
que sin agua, es batalla perdida.

La terminal despide a miles de estudiantes
que parten a sus pueblos.
Y aquí sólo quedan los asalariados
anhelando pelopinchos y envases escarchados.

A la tormenta no se la ve con malos ojos
cuando se acerca amenazante desde zona norte.
Trae vientos frescos
que airean los viajes en bicicleta.

Quien puede huye.
A temporadas de costa o sierra,
a pasear mochilas inquietas.
Quien puede huye y no la piensa.

Mirá que es hermosa mi ciudad,
hasta cuando suda mil demonios.
Yo la pienso y la deseo,
con el pelo alborotado por el agua del mar.

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