Previo a la planta
Me gusta estar en la calle cuando se prenden los faroles. Tal vez tenga que ver con eso que me pasaba cuando era adolescente, y quería estar cuando las cosas pasaban, para no estar al día siguiente escuchando a todos hablar de lo que pasó ayer.
El sol se pone detrás de la escalinata, refleja sobre un barco de esos que capaz ni se mueven, mientras una familia aprovecha para sacarse una selfie.
Recuerdo estar en Camaná, trabajando en el faro, sabiendo que el atardecer estaba por llegar. Volver apurado a la playa, para poder aprovecharlo, y llegar tarde. "Mañana tal vez llegue". Pero mañana tampoco hay tiempo, pasado me voy. Viajo un poco más y vuelvo a casa, donde el sol no se mete detrás del mar.
Mis manos se congelan, mientras otro farol se empieza a calentar. El río me recibe y me incita a este papel llenar. Los churreros se impacientan, y la marea quiere sonar.
Mis manos se congelan, mis dedos entorpecen las letras que no entran en el renglón. La caligrafía es vencida por la temperatura, y el cielo magnífico me explica que no lo voy a poder describir, que su gracia dura minutos ante la oscuridad que se impacienta por bañar el lugar.
Quiero ver el cielo y no el papel. Quiero estar cuando la cosa sucede. Recuerdo a Merlín roncando sobre la ventana, cuando nos metíamos en el monte verde de Tafí, Mi cuaderno pide letras y el cielo pide atención. En el papel se unen los deseos y se cumplen en la imaginación.
El espectáculo de todos los días a veces es más increíble. Se pincelea el cielo en la isla, mientras el Diana Shipping desfila para que el sentimiento turista delate a dos pibes que caminan.
Todos los faroles se encienden, la oscuridad se avecina, y la tarde regala sus últimos mimos a quienes estén atentos a la osadía del escondite del dios mayor, al que mayas y egipcios rendían su culto mayor.
Al barco ya no le pega el sol. Enciende sus luces y yo me pregunto qué bandera flamea cerca del capitán, y cuántas historias andantes trabajan ahí dentro sobre el Río Paraná.
Finaliza el espectáculo, la noche se va haciendo lugar y el reloj me avisa que si sigo espectador con birome, algo de todo lo quiero hacer, no podrá suceder.
Yo me pregunto qué es la meditación, y busco en plantas de tierras lejanas escalones y búsquedas interiores. Acepto el miedo, abrazo la incertidumbre y recibo la medicina.
Quiero estar cuando la cosa sucede, y el que decide si sucede, soy yo. No hay guiones, ni carreras de ratones. El sol se pone todos los días, detrás de nubes o a cielo despejado. Las nubes de las que a veces me quejo, son las que causan el color.
En la encrucijada espero el mensaje de la persona menos esperada. La señal en el cielo, o en el encuentro callejero.
Quiero estar cuando la cosa sucede. Que suceda dentro de mí, que abra la puerta. Que transforme la primavera, mientras el cielo dibuja y la mente crea.
El sol se pone detrás de la escalinata, refleja sobre un barco de esos que capaz ni se mueven, mientras una familia aprovecha para sacarse una selfie.
Recuerdo estar en Camaná, trabajando en el faro, sabiendo que el atardecer estaba por llegar. Volver apurado a la playa, para poder aprovecharlo, y llegar tarde. "Mañana tal vez llegue". Pero mañana tampoco hay tiempo, pasado me voy. Viajo un poco más y vuelvo a casa, donde el sol no se mete detrás del mar.
Mis manos se congelan, mientras otro farol se empieza a calentar. El río me recibe y me incita a este papel llenar. Los churreros se impacientan, y la marea quiere sonar.
Mis manos se congelan, mis dedos entorpecen las letras que no entran en el renglón. La caligrafía es vencida por la temperatura, y el cielo magnífico me explica que no lo voy a poder describir, que su gracia dura minutos ante la oscuridad que se impacienta por bañar el lugar.
Quiero ver el cielo y no el papel. Quiero estar cuando la cosa sucede. Recuerdo a Merlín roncando sobre la ventana, cuando nos metíamos en el monte verde de Tafí, Mi cuaderno pide letras y el cielo pide atención. En el papel se unen los deseos y se cumplen en la imaginación.
El espectáculo de todos los días a veces es más increíble. Se pincelea el cielo en la isla, mientras el Diana Shipping desfila para que el sentimiento turista delate a dos pibes que caminan.
Todos los faroles se encienden, la oscuridad se avecina, y la tarde regala sus últimos mimos a quienes estén atentos a la osadía del escondite del dios mayor, al que mayas y egipcios rendían su culto mayor.
Al barco ya no le pega el sol. Enciende sus luces y yo me pregunto qué bandera flamea cerca del capitán, y cuántas historias andantes trabajan ahí dentro sobre el Río Paraná.
Finaliza el espectáculo, la noche se va haciendo lugar y el reloj me avisa que si sigo espectador con birome, algo de todo lo quiero hacer, no podrá suceder.
Yo me pregunto qué es la meditación, y busco en plantas de tierras lejanas escalones y búsquedas interiores. Acepto el miedo, abrazo la incertidumbre y recibo la medicina.
Quiero estar cuando la cosa sucede, y el que decide si sucede, soy yo. No hay guiones, ni carreras de ratones. El sol se pone todos los días, detrás de nubes o a cielo despejado. Las nubes de las que a veces me quejo, son las que causan el color.
En la encrucijada espero el mensaje de la persona menos esperada. La señal en el cielo, o en el encuentro callejero.
Quiero estar cuando la cosa sucede. Que suceda dentro de mí, que abra la puerta. Que transforme la primavera, mientras el cielo dibuja y la mente crea.
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