Soy un perro callejero


Una mañana de otoño me encontró buscando asilo en los bosques de Palermo. Tenía algunas frutas, la lata cargada y unas pocas horas de sueño. La noche anterior me tuvo experimentando con los ritmos africanos, poniendo el cuerpo al son de la cultura independiente. La mañana me despertó en el departamento del Bruna, y bien temprano ya me puso a caminar las calles del centro de Buenos Aires, entre edificios gigantes con guardias de seguridad virtuales, señoras paseando sus pequeños perros carísimos, indigentes despertados de mala forma en plazoletas y el tráfico nunca muerto de las anchas avenidas.

Escapándole a la sombra artificial y a los bocinazos, busqué el verde mayor que pudiera ofrecerme la parte más pudiente de la ciudad, y así llegue a los bosques. Recorriendo plazas de naciones, arrancando el pasto y refugiándome en los rincones. Fumando frente a un pantano, miro al costado y una pared me grita algo: “Los verdaderos sabios salen del bosque!”

En el bosque más domado, que hace de pulmoncito para el monstruo de asfalto, yo me vengo a encontrar este mensaje. Yo, que una vez le pedí un antes y un después a un cielo nublado de mi lugar. Yo, que subi montañas y bajé al mar para ver la luna que está llena de verdad. Yo, que en los parques encuentro la forma de sobrevivir en la ciudad. Yo no tuve otra que pensar todavía más, y reconocerme como un perro callejero sin vergüenza ni moral, que en la sociedad encuentra el cariño de un extraño que me da comida al pasar.

Zarathustra huyó de la sociedad para ser el ermitaño de la montaña y llenarse de saber en las cuevas de la mente y de la Tierra, pero su libro comienza a escribirse cuando decide bajar al pueblo. No hay intelectual que defina con exactitud el barro que nunca se animó a pisar. No hay pilas de libros que te puedan decir lo que la gente quiere. Se lo tenés que preguntar.

El bosque te da el aire real que necesitabas respirar, un ecosistema para sentarte en las hojas secas a contemplar y así entender lo insignificante que es para el todo tu decisión personal. Los árboles te abrazan si te dejas abrazar y así podés tragar su sabia, hacer el amor con un arrayán y decirle a la tierra que no te podrías excitar sin su respirar.

Sí, el bosque te hace sentir parte. Pero te dice también que no hay riqueza mayor en cada lugar que la de su gente, oriunda o adoptada, que si escucha los aplausos en la puerta, sale con un vaso de agua potable, por si hay alguien que se necesita hidratar.

Viajando lo pude comprobar. Cuando se hizo de noche donde empalman la 9 y la 34, y caminamos hasta una estación, donde pudimos dormir y a la mañana encontrar el camión que nos llevó a Paipalá. Cuando en Chindul no pasaban más autos que nos lleven a Esmeraldas y la señora de la tienda nos dio jugo y pan. O cuando en Puerto Madryn los excombatientes de la plaza nos ofrecieron su lugar, unos mates calientes y las ganas de escuchar.

“A los lugares los hace la gente” me dijo algún viajero aunque ya no puedo recordar cuál. Me hablaron mal de Antofagasta, pero conocí a André y la pasé genial. Me hablaron mal de Puno, pero conocí a Nando y la pasé genial. Conocí la calidez de una familia que te da un plato de comida y te invita a pasar una noche más. Eso es lo que hace al lugar, más allá de los paisajes y los espectáculos de cartelera.

Ese graffitti que vi aquella vez en los Bosques de Palermo, me hizo entender hoy, que lo encuentro como archivo entre mis redes, lo que fui a aprender a la punta del continente. Y es que el paisaje es bellísimo, pero lo realmente bello está en las personas que hacen que el paisaje sea lugar.

Soy un perro callejero sin vergüenza ni moral. Camino senderos de montaña, avenidas de gran ciudad. Camino y sólo siento llegar cuando encuentro a alguien que me hace sentir que estoy donde tengo que estar. Salgo del bosque y me dejo acariciar. Encuentro lo que busco, y aprendo a querer este lugar.

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