De mixturas calmas y cuadernos perdidos
¿Que significa perder un cuaderno en la ruta? Debo encontrarle una explicación placentera, para no quedarme con la amarga nostalgia de sentir que las conclusiones que quedaron plasmadas en esas hojas se perdieron.
Puedo apelar a lo romántico de pensar que ese cuaderno llegó a manos que lo valoraron, que alguien vio los carteles de dedos, la lista de pueblos y que aquel texto lo transportó a la Playa del Francés. Sería muy reconfortante creer que alguien cazó su mochila después de leerlo, que fue lo que terminó de inclinar esa balanza en alguna vida. También me haría feliz pensar que mis palabras se fusionaron con garabatos de algún niño de Trelew. Esos sí que son finales felices, pero incomprobables. Entonces elijo quedarme con la premisa de lo indomable del inconciente, y pensar que todas esas conclusiones ya están impresas en mi mente y mi corazón. Hasta puedo intentar evocarlas en este borrador.
La calma de los lagos ingresó por mis poros, y hasta el agua del deshielo fue digerida, siento haber aprendido de ese sentimiento patagónico. Aquellas caminatas de huella andina bordeando el Futalaufquen plasmaron mi ser de enseñanzas. Y vuelvo a entender que la quietud del agua de los lagos es una analogía de la forma de vivir en el sur. La conciencia del tiempo real de las cosas en las palabras de la China que eligió Lago Puelo como su lugar, suavizan la realidad de los procesos de esta metrópolis litoraleña, y me da la paz de la paciencia hasta readaptarme al ruido y el sudor.
Mientras espero para hundirme en la arcilla de las marrones aguas del Paraná, recuerdo la fresca sensación de aquella primer zambullida en el Lago Gutiérrez, y experimento la reminiscencia de la conclusión del agua universal, hace un año, mientras veíamos la fuerte corriente del Carcarañá. Me devuelve la calma el sentir que el Río Azul que disfrutaban esos pequeños, tiene el mismo origen que el agua que cubren nuestros camalotales.
Me prohibo olvidar tambien las enseñanzas de la mixtura que esconden mis antepasados, así como los ojos verdes depositados en el mapuche rostro del Facu. Que nuestra sociedad está inmersa en esa mixtura, y que no podemos permitir que nos digan que no existe, que nos hagan creer que esta tierra es blanca. Aquí reina el color, y en el siglo XXI hablar de purezas gringas a mi me huele a tumba deserrentada de genocidas, al orgulloso odio racial.
Me reconozco como pino joven en este bosque de arrayanes excitantes que es América Latina. Cómo olvidar el placer de tocar su cambiante piel, sentir su jugo interior, y hacer naranja mi disfrute. Pero somos pino joven de lejos, enamorados del alerzal milenario, al que nuestras piñas han incendiado durante tantos años. Es en el bosque, como en los rostros donde debemos encontrar la sana mixtura respetuosa.
Voy sonriendo, recuperando aquí aquellas conclusiones, matando a la estúpida tristeza. Pensando en las diversas formas de respeto a la madre tierra. En forma de silencio, al transitar esos vivos bosques, hogar de animales alegres y lahuanes solitarios. Pero respetarla también es gritar, cuando la dañan a ella y a quienes la protegen. Es por eso que gritamos por Santiago, ese pino joven que con su fuego ardiente supo iluminar la realidad; y es por eso que gritamos por Rafita y por el pueblo mapuche, protegiendo cada alerce perdido entre árboles foráneos.
Entonces es hoy, que me encuentro perdido en la humedad litoraleña que cada tanto se me vuelve gris, que tengo que reencontrarme con estas conclusiones que no fueron perdidas. Elijo buscar en el río la calma de los lagos, apelando al respeto al otro y así al todo, aceptando la mixtura para proteger lo autóctono. Aceptando con conciencia al tiempo real, que mientras valore y respete, se maneja a nuestra merced.
Puedo apelar a lo romántico de pensar que ese cuaderno llegó a manos que lo valoraron, que alguien vio los carteles de dedos, la lista de pueblos y que aquel texto lo transportó a la Playa del Francés. Sería muy reconfortante creer que alguien cazó su mochila después de leerlo, que fue lo que terminó de inclinar esa balanza en alguna vida. También me haría feliz pensar que mis palabras se fusionaron con garabatos de algún niño de Trelew. Esos sí que son finales felices, pero incomprobables. Entonces elijo quedarme con la premisa de lo indomable del inconciente, y pensar que todas esas conclusiones ya están impresas en mi mente y mi corazón. Hasta puedo intentar evocarlas en este borrador.
La calma de los lagos ingresó por mis poros, y hasta el agua del deshielo fue digerida, siento haber aprendido de ese sentimiento patagónico. Aquellas caminatas de huella andina bordeando el Futalaufquen plasmaron mi ser de enseñanzas. Y vuelvo a entender que la quietud del agua de los lagos es una analogía de la forma de vivir en el sur. La conciencia del tiempo real de las cosas en las palabras de la China que eligió Lago Puelo como su lugar, suavizan la realidad de los procesos de esta metrópolis litoraleña, y me da la paz de la paciencia hasta readaptarme al ruido y el sudor.
Mientras espero para hundirme en la arcilla de las marrones aguas del Paraná, recuerdo la fresca sensación de aquella primer zambullida en el Lago Gutiérrez, y experimento la reminiscencia de la conclusión del agua universal, hace un año, mientras veíamos la fuerte corriente del Carcarañá. Me devuelve la calma el sentir que el Río Azul que disfrutaban esos pequeños, tiene el mismo origen que el agua que cubren nuestros camalotales.
Me prohibo olvidar tambien las enseñanzas de la mixtura que esconden mis antepasados, así como los ojos verdes depositados en el mapuche rostro del Facu. Que nuestra sociedad está inmersa en esa mixtura, y que no podemos permitir que nos digan que no existe, que nos hagan creer que esta tierra es blanca. Aquí reina el color, y en el siglo XXI hablar de purezas gringas a mi me huele a tumba deserrentada de genocidas, al orgulloso odio racial.
Me reconozco como pino joven en este bosque de arrayanes excitantes que es América Latina. Cómo olvidar el placer de tocar su cambiante piel, sentir su jugo interior, y hacer naranja mi disfrute. Pero somos pino joven de lejos, enamorados del alerzal milenario, al que nuestras piñas han incendiado durante tantos años. Es en el bosque, como en los rostros donde debemos encontrar la sana mixtura respetuosa.
Voy sonriendo, recuperando aquí aquellas conclusiones, matando a la estúpida tristeza. Pensando en las diversas formas de respeto a la madre tierra. En forma de silencio, al transitar esos vivos bosques, hogar de animales alegres y lahuanes solitarios. Pero respetarla también es gritar, cuando la dañan a ella y a quienes la protegen. Es por eso que gritamos por Santiago, ese pino joven que con su fuego ardiente supo iluminar la realidad; y es por eso que gritamos por Rafita y por el pueblo mapuche, protegiendo cada alerce perdido entre árboles foráneos.
Entonces es hoy, que me encuentro perdido en la humedad litoraleña que cada tanto se me vuelve gris, que tengo que reencontrarme con estas conclusiones que no fueron perdidas. Elijo buscar en el río la calma de los lagos, apelando al respeto al otro y así al todo, aceptando la mixtura para proteger lo autóctono. Aceptando con conciencia al tiempo real, que mientras valore y respete, se maneja a nuestra merced.

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