Los libros de la señora Maritano
El sábado pasado mi amigo Juancho me comentó que estaban a punto de vender el departamento de su abuela, y habían quedado huérfanos cientos, miles de libros que estaban obsequiando a quien se tome el rato de acercarse, elegir algunos y compartir un momento.
Yo hace un tiempo que no me engancho a leer un libro. Creo que me está costando meterme en la ficción, que ando mucho en lo real cotidiano, en lo terrenal. Además, también hacía un tiempo que no lo veía a Juancho, así que me subí a la bici y fui al departamento, sin saber muy bien como era la cosa.
Cuando llegué, le dimos una mano al viejo de Chojuan con cargar unas cosas al auto. El flete lo había dejado en banda y había banda de cosas. Después subí la escalera, entré y me encontré con un living amplio con libros por todos lados: cientos en el piso, en la mesa separados unos pocos, en las sillas descansando algunos.
También estaban ahí una chica joven con su madre, que cantaba en el coro con la hermana de Juancho y, casualmente, también con Paloma. Tan loco que no parece casual. Eran las tres contra alto del coro de niños.
Intentando mirar con cautela, pero siempre un toque despistado (como para no perder la costumbre) pispeaba libros sobre cine, joyas del cuento latino, textos en francés e italiano, algo en portugués, manifiestos marxistas y novelas de eses escritores que escuchaste nombrar, sabes que con zarpades, pero nunca leíste.
Mientras, tomábamos unos amargos y charlábamos. Así me fui enterando quién era la abuela de Juan. Alma Maritano partió hace un año y medio y fue una escritora muy reconocida acá en Rosario. En su taller formó a muchos escritores, y tenía bibliotequitas hasta en el baño, además de muchas dedicatorias bellísimas en sus libros.
Al rato llegó la madre del Tosca, un amigo del barrio, y el querido Tato. Cada cual con su bolsito/mochila. Charlamos de Alma, y de lo triste que es que un libro sea leído por una sola persona (y ni hablar de que sea quemado por algún milico), mientras llenábamos el segundo termo. Es que Alma quiso compartir su saber en sus talleres. Entonces llegamos a la conclusión de que esos libros tenían que seguir siendo leídos 5, 10, 30 años después de que quedaron guardados. Porque esa pilita de páginas impresas con tinta, que alguna vez le giro la cabeza de un cachetazo de papel que huele rico a Alma, todavía podía hacer pensar a mucha gente. Hacer entrar a un pibe de Tablada en un mar de ficción y tentarlo a contar historias. O capaz a una señora de Barrio Martin, hacerla darse cuenta porqué en el norte tienen el oro y solamente nos dejaron el hambre, las cruces y el fútbol. Esos libros no podían quedar ahí, tenían que conocer nuevas piezas, verstirse con nuevas mochilas, o tomar, al menos, un poquito de sol en el parque.
Así fue pasando una tarde muy distinta a todas las demás. Cargué unos quince libros en el canasto de mi bici, Tato hizo lo mismo, y la mamá del Tosca dijo que iba a contactar a alguna biblioteca popular para los cientos de huérfanos restantes.
Y ahora que paso al papel estas sensaciones, a las 4 de la mañana, desvelado, pensando que debería amtes escribir la reseña de la hermosa noche con Pez y Litto Nebbia en la Lavardén, me doy cuenta que ando con poca metáfora. Que siempre quise ser mas concreto al escribir, y que ahora extraño la metáfora. Que necesito un poquito más de ficción para imaginar y crear, porque nunca es tarde para el arte. Que necesito salir de la linda cotidianeidad que voy encontrando, un poquito, para tirarme en el pasto, mirar el río moversem sacar conclusiones y que el cuerpo ande mimoso con la mente. Que tengo unas ganas bárbaras de cazar la mochila, tomar de la mano a mi compañera de luchas y aventuras para irnos bien lejos y vivir la riquísima juventud, viendo como se transforman los paisajes y escuchando cantar a nuevos pájaros, libres como libros de la señora Maritano.
Me traje libros de Tolstoi, de Simone de Beauvoir, de Cortázar, Herrman Hesse y Kafka, pero el que más quiero leer ahora es el último que escribió Alma. Lo loco es que a Alma nunca la conocí, pero el sábado pasado buceé un poco en su vida.
Pucha, van a ser las 5 de la mañana. Y bueno, un poco de ficción no me va a venir mal.
Yo hace un tiempo que no me engancho a leer un libro. Creo que me está costando meterme en la ficción, que ando mucho en lo real cotidiano, en lo terrenal. Además, también hacía un tiempo que no lo veía a Juancho, así que me subí a la bici y fui al departamento, sin saber muy bien como era la cosa.
Cuando llegué, le dimos una mano al viejo de Chojuan con cargar unas cosas al auto. El flete lo había dejado en banda y había banda de cosas. Después subí la escalera, entré y me encontré con un living amplio con libros por todos lados: cientos en el piso, en la mesa separados unos pocos, en las sillas descansando algunos.
También estaban ahí una chica joven con su madre, que cantaba en el coro con la hermana de Juancho y, casualmente, también con Paloma. Tan loco que no parece casual. Eran las tres contra alto del coro de niños.
Intentando mirar con cautela, pero siempre un toque despistado (como para no perder la costumbre) pispeaba libros sobre cine, joyas del cuento latino, textos en francés e italiano, algo en portugués, manifiestos marxistas y novelas de eses escritores que escuchaste nombrar, sabes que con zarpades, pero nunca leíste.
Mientras, tomábamos unos amargos y charlábamos. Así me fui enterando quién era la abuela de Juan. Alma Maritano partió hace un año y medio y fue una escritora muy reconocida acá en Rosario. En su taller formó a muchos escritores, y tenía bibliotequitas hasta en el baño, además de muchas dedicatorias bellísimas en sus libros.
Al rato llegó la madre del Tosca, un amigo del barrio, y el querido Tato. Cada cual con su bolsito/mochila. Charlamos de Alma, y de lo triste que es que un libro sea leído por una sola persona (y ni hablar de que sea quemado por algún milico), mientras llenábamos el segundo termo. Es que Alma quiso compartir su saber en sus talleres. Entonces llegamos a la conclusión de que esos libros tenían que seguir siendo leídos 5, 10, 30 años después de que quedaron guardados. Porque esa pilita de páginas impresas con tinta, que alguna vez le giro la cabeza de un cachetazo de papel que huele rico a Alma, todavía podía hacer pensar a mucha gente. Hacer entrar a un pibe de Tablada en un mar de ficción y tentarlo a contar historias. O capaz a una señora de Barrio Martin, hacerla darse cuenta porqué en el norte tienen el oro y solamente nos dejaron el hambre, las cruces y el fútbol. Esos libros no podían quedar ahí, tenían que conocer nuevas piezas, verstirse con nuevas mochilas, o tomar, al menos, un poquito de sol en el parque.
Así fue pasando una tarde muy distinta a todas las demás. Cargué unos quince libros en el canasto de mi bici, Tato hizo lo mismo, y la mamá del Tosca dijo que iba a contactar a alguna biblioteca popular para los cientos de huérfanos restantes.
Y ahora que paso al papel estas sensaciones, a las 4 de la mañana, desvelado, pensando que debería amtes escribir la reseña de la hermosa noche con Pez y Litto Nebbia en la Lavardén, me doy cuenta que ando con poca metáfora. Que siempre quise ser mas concreto al escribir, y que ahora extraño la metáfora. Que necesito un poquito más de ficción para imaginar y crear, porque nunca es tarde para el arte. Que necesito salir de la linda cotidianeidad que voy encontrando, un poquito, para tirarme en el pasto, mirar el río moversem sacar conclusiones y que el cuerpo ande mimoso con la mente. Que tengo unas ganas bárbaras de cazar la mochila, tomar de la mano a mi compañera de luchas y aventuras para irnos bien lejos y vivir la riquísima juventud, viendo como se transforman los paisajes y escuchando cantar a nuevos pájaros, libres como libros de la señora Maritano.
Me traje libros de Tolstoi, de Simone de Beauvoir, de Cortázar, Herrman Hesse y Kafka, pero el que más quiero leer ahora es el último que escribió Alma. Lo loco es que a Alma nunca la conocí, pero el sábado pasado buceé un poco en su vida.
Pucha, van a ser las 5 de la mañana. Y bueno, un poco de ficción no me va a venir mal.
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