Senderos de caracoles.
Valizas, Rocha, Uruguay
13/01/2017
La vida simple y lo justo para vivir. El maní que se mezcla con las bananas por la mañana, como el jugo que se filtra en mí, nos une y se lleva la vigilia. El cielo que deja de castigar para regalarnos sus rosados camuflados entre nubes que ya no amenazan. Lo necesario ya no es tanto, y tras días de dedos y manos bien agradecidas, la paz se hace presente y lo que precisamos siempre aparece.
Los caminos de cada cual han sido largos desde que la decisión fue tomada, los cuentos fueron variados y hoy el cuento es este y es compartido. Pasaron fronteras y banderas, plazas y semáforos, cuadernos finalizados. Pero este cuaderno se escribe de a dos y los kilómetros de arena se patean de la mano. De la mano de la aceptación mutua, del gustito de sentir que no está nada mal lo que alguna vez fue reprimido, de la mano que entiende y acaricia. La mochila es más liviana cuando ves lo hermoso de lo que te dijeron que estaba mal, y el susurro explícito entibia y enloquece de belleza. Nos hacemos reales al mirarnos y querernos, desearnos así.
Hoy es Valizas, con senderos de caracoles, humos que no se esconden y pulseras adornadas con la imaginación de mi compañera, que se manda y canta, que siempre cae bien, siempre cae bien parada. El Atlántico nos regala su espuma, y ésta también me devuelve a la infancia. El África está del otro lado y espera los mensajes de nuestras botellas.
Su voz cuando canta no para de encurvar alegremente mi mueca y endulzar nuestro alrededor. La incertidumbre del mañana sigue siendo el estandarte, como cuando todo era tan nuevo, como cuando la inocencia bañaba mi ruta. Se hace agradable el pasar de los días, aunque sea justo lo que haya en su bolsito. Si somos generosos, el camino nos muestra su generosidad y en realidad no nos falta nada.
Mientras trabajamos, la tinta se plasma en la hoja y las nubes comienzan a irse. A fin de cuentas, no hay lluvia que detenga nuestro andar y no se moja nada de lo que seco debía quedar. Ya descubrimos lo invencible que cargamos.
Nos conocemos bien, en lo entrañable de cada abrazo nos hacemos valer. Sabemos de la soledad y de la desnudez, y cuando así funcionamos, ni el dolor ni el desamor nos pueden tocar. Ni en el mar ni en la ciudad.
13/01/2017
La vida simple y lo justo para vivir. El maní que se mezcla con las bananas por la mañana, como el jugo que se filtra en mí, nos une y se lleva la vigilia. El cielo que deja de castigar para regalarnos sus rosados camuflados entre nubes que ya no amenazan. Lo necesario ya no es tanto, y tras días de dedos y manos bien agradecidas, la paz se hace presente y lo que precisamos siempre aparece.
Los caminos de cada cual han sido largos desde que la decisión fue tomada, los cuentos fueron variados y hoy el cuento es este y es compartido. Pasaron fronteras y banderas, plazas y semáforos, cuadernos finalizados. Pero este cuaderno se escribe de a dos y los kilómetros de arena se patean de la mano. De la mano de la aceptación mutua, del gustito de sentir que no está nada mal lo que alguna vez fue reprimido, de la mano que entiende y acaricia. La mochila es más liviana cuando ves lo hermoso de lo que te dijeron que estaba mal, y el susurro explícito entibia y enloquece de belleza. Nos hacemos reales al mirarnos y querernos, desearnos así.
Hoy es Valizas, con senderos de caracoles, humos que no se esconden y pulseras adornadas con la imaginación de mi compañera, que se manda y canta, que siempre cae bien, siempre cae bien parada. El Atlántico nos regala su espuma, y ésta también me devuelve a la infancia. El África está del otro lado y espera los mensajes de nuestras botellas.
Su voz cuando canta no para de encurvar alegremente mi mueca y endulzar nuestro alrededor. La incertidumbre del mañana sigue siendo el estandarte, como cuando todo era tan nuevo, como cuando la inocencia bañaba mi ruta. Se hace agradable el pasar de los días, aunque sea justo lo que haya en su bolsito. Si somos generosos, el camino nos muestra su generosidad y en realidad no nos falta nada.
Mientras trabajamos, la tinta se plasma en la hoja y las nubes comienzan a irse. A fin de cuentas, no hay lluvia que detenga nuestro andar y no se moja nada de lo que seco debía quedar. Ya descubrimos lo invencible que cargamos.
Nos conocemos bien, en lo entrañable de cada abrazo nos hacemos valer. Sabemos de la soledad y de la desnudez, y cuando así funcionamos, ni el dolor ni el desamor nos pueden tocar. Ni en el mar ni en la ciudad.

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