Cómo medir el tiempo en melodías.

No hace falta una cornisa para poder sentir. Hoy me importa entender una escala y el cariño simple; achinar esos ojos preocupados y que el próximo mate esté caliente.

Es que vuelvo a casa andando en bicicleta, zigzagueando por el medio de Santa Fé, cantando entre las tumbas de la gloria. Eso vale mas que mil canciones, digo y aprendo a medir el tiempo en melodias. Sucede cuando los oídos están endulzados, pero no con jarabe ni crema del cielo. Es como la voz que vuelve cuando es pura la miel.

No hace falta cianuro ni Don Perignon para poder degustar con el alma. Un vino añejado al otro lado de la cordillera, la copa justa y unos cuantos tarareos que van tratando de agudizarse, me hacen saber que en el medio de tanto ajuste sensitivo y terrenal, de tantas desconexiones y cuentos cortos, hay una persona que ahora se va a dormir sintiendo que no está sola entre tantos cuerpos y corbatas.

Porque esto es de verdad.
No es un cuento. No hay que impresionar a nadie.

¿Y sabés qué? Ya no me importa escribir el guión del que todos van a hablar.
Me basta con que te rías de mis chistes.

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