El juego de la vigilia.
Las agujas no paran de girar, danzando una detrás de otra, como abejas codificando mensajes. Su ubicación ya no es la misma que tenían cuando comencé a reposar. Sin embargo la mente se rehusa a tomar el camino que el cuerpo ya tomó hace horas.
Musas e ideas no encontraron mejor horario para mostrarse. El buzón revisado hartas veces vuelve a ser revisado. No vaya a ser que haya algún emisor desesperado, o alguna araña trabajando a deshoras como mi mente.
Margaritas y personajes olvidados recobran interés, con tal de seguirle el juego a la vigilia. Mientras tanto le doy más vida al televisor, que compite conmigo mostrándome jugadas desfavorables de algún remoto partido de básquet, o conversaciones entre Jean Reno y Robert De Niro sobre una maleta con patines de hielo. Escucho la puerta aledaña y un gato que pasea por los techos, giro, veo la luna por el agujerito de la persiana y vuelvo a girar lamentándome por haberme fumado el último cigarro.
Hasta encuentro el momento para escribir sobre este fatídico momento de juego que ya no entretiene. Y no lo desaprovecho, claro. La inspiración perdida y encontrada vale más que medio hora onírica, y así los futuros bostezos encuentran sentido.
Lo que no encuentra sentido es el reparto fallido, que ya no se puede permitir. Así que vuelvo a girar sumiso ante las responsabilidades matutinas y la reunión novedosa. Pienso que la semana que viene tal vez se torne más fácil este juego, y no haya princesas grumosas ni odiseas de opositores que lo compliquen. Mientras tanto le doy 20 minutos más de vida al televisor.
Musas e ideas no encontraron mejor horario para mostrarse. El buzón revisado hartas veces vuelve a ser revisado. No vaya a ser que haya algún emisor desesperado, o alguna araña trabajando a deshoras como mi mente.
Margaritas y personajes olvidados recobran interés, con tal de seguirle el juego a la vigilia. Mientras tanto le doy más vida al televisor, que compite conmigo mostrándome jugadas desfavorables de algún remoto partido de básquet, o conversaciones entre Jean Reno y Robert De Niro sobre una maleta con patines de hielo. Escucho la puerta aledaña y un gato que pasea por los techos, giro, veo la luna por el agujerito de la persiana y vuelvo a girar lamentándome por haberme fumado el último cigarro.
Hasta encuentro el momento para escribir sobre este fatídico momento de juego que ya no entretiene. Y no lo desaprovecho, claro. La inspiración perdida y encontrada vale más que medio hora onírica, y así los futuros bostezos encuentran sentido.
Lo que no encuentra sentido es el reparto fallido, que ya no se puede permitir. Así que vuelvo a girar sumiso ante las responsabilidades matutinas y la reunión novedosa. Pienso que la semana que viene tal vez se torne más fácil este juego, y no haya princesas grumosas ni odiseas de opositores que lo compliquen. Mientras tanto le doy 20 minutos más de vida al televisor.
Comentarios
Publicar un comentario