Video clips adolescentes.
Hay cosas que no fallecen en nuestra persona con tanta facilidad, que subsisten de aquella filosofía aniñada de mirar las estrellas, de ojos adolescentes para desglosar cintas de guerras y de amores.
Algunas mañanas logro reencontrarme en esas caminatas fundamentalistas en las que el sol hace de agujas que chocan contra el agua, en las que el tiempo se dedica a pensar. A veces esas mañanas me prestan sus abarcas de platonismo para recorrer los cuentos del espíritu ante todo y de mis vidas pasadas. En el inconsciente habrán quedado tatuadas aquellas locuras primarias y sorpresas de haber abierto las puertas.
Otras veces es canción lo pasado que me amanece (canción de ayer sobre un futuro ya vivenciado), y mi mente vuelve a creerse dentro de batallas que ya ni veo nobles, que sin aquel adolescer de joven video clip no les encuentro ni el sentido ni el sumar.
Días en que los ismos terrenales me ofrecen remeras de mi talle, y días en que la corriente me lleva a cualquier puerto. Días en que las colas se hacen eternas, y días en que los juguetes realizan atentados a tribunales. Trenes de semana santa que se pueden estirar, y luchas de una marcha que no tienen final. Dicotomías de las que ya no sé si podré escapar en alguna otra caminata, y miles de historias que quedan por contar.
Agradezco que al atardecer queden discursos del cuerpo y más relojes en 6 para llenar de pelotazos el portón. En esta ciudad todavía viven los chicos que tocan el timbre y llevan los bajos del bossa nova. También siguen acá los de la ñata contra el vidrio del boliche de Bachín, y por ellos es que hoy escribo frente al Paraná.
Algunas mañanas logro reencontrarme en esas caminatas fundamentalistas en las que el sol hace de agujas que chocan contra el agua, en las que el tiempo se dedica a pensar. A veces esas mañanas me prestan sus abarcas de platonismo para recorrer los cuentos del espíritu ante todo y de mis vidas pasadas. En el inconsciente habrán quedado tatuadas aquellas locuras primarias y sorpresas de haber abierto las puertas.
Otras veces es canción lo pasado que me amanece (canción de ayer sobre un futuro ya vivenciado), y mi mente vuelve a creerse dentro de batallas que ya ni veo nobles, que sin aquel adolescer de joven video clip no les encuentro ni el sentido ni el sumar.
Días en que los ismos terrenales me ofrecen remeras de mi talle, y días en que la corriente me lleva a cualquier puerto. Días en que las colas se hacen eternas, y días en que los juguetes realizan atentados a tribunales. Trenes de semana santa que se pueden estirar, y luchas de una marcha que no tienen final. Dicotomías de las que ya no sé si podré escapar en alguna otra caminata, y miles de historias que quedan por contar.
Agradezco que al atardecer queden discursos del cuerpo y más relojes en 6 para llenar de pelotazos el portón. En esta ciudad todavía viven los chicos que tocan el timbre y llevan los bajos del bossa nova. También siguen acá los de la ñata contra el vidrio del boliche de Bachín, y por ellos es que hoy escribo frente al Paraná.
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