Lo efímero y la pluma.
¡Esto es efímero! ¡Ahora efímero! Avanza corriendo, saltando los escalones. Con la sonrisa, esa mueca de incertezas, busca llegar a la próxima cima con los ojos cerrados, para que lo sorprenda la caricia del sol seco o la inevitable tormenta de cada día. "El refugio es lo de menos. Tengo lanza y tengo sombrero", dice mientras se dibuja la mueca una vez más, desvaneciendo lo que queda de las nubes.
Sabe bien que del futuro no sabe nada, y en eso encuentra el bienestar. Aunque desde otras pupilas cercanas pueda ser la fatalidad. Es que al romper los cubículos y explorar, necesitás de la falta de esquemas. Por el camino ya sabés el final, al costado están las historias. Y ahí está la rosca del cuento, en la fruta que vas a probar mañana. Es riquísima la naranja de todas las mañanas, pero hasta que no pruebes la guanábara vas a caminar siempre la misma calle y no vas a entrar en nada nuevo. Y lo nuevo te da la seguridad al descansar de que el cansancio valió la pena.
Olvida el tronco cuando nota que las ramas empiezan a florecer. La rama parece otro árbol, y se olvida embriagado lo que el tronco quería decir.
Pero cae en la realidad al salir por la puerta de siempre. Y mientras camina sabe que falta poco, sabe que es poco el caminar que queda en estas calles. Sabe bien, y sabe lo que en los otros puede causar. Pero sobre todo sabe (¡y qué bien lo sabe!) que es él quien posee la pluma, no el otro ni ningún otro. En la pluma está el poder, y él la posee. El que tiene la pluma es quien escribe la próxima página, y nunca va a perder su pluma. Mucho éxito y reconocimiento propio trajo haberla encontrado.
Y ya que escribe, no espera hasta mañana. Está en el gran pueblo de las raíces y continúa escribiendo historias, que se van haciendo enormes. Las vive y protagoniza desde su carne. Lo alimentan y lo hacen suspirar. Algunas no van a ningún lado, otras aunque bien las conoce, lo siguen sorprendiendo. Y algunas iluminan y encienden tanto fuego, que no se pueden apagar, aunque el reloj quiera imponer aburrimiento. Jugando el fuego no se apaga. Corre miles de kilómetros y sigue encendido.
Tal vez sea efímero lo que quede en este lugar. Pero lo va a vivir (¡y nada de prohibir!). Va a construir porque, aunque avance corriendo y saltando los escalones, siempre vale la pena construir. Porque lo que se escribe desde las entrañas, es muy difícil de borrar.
Sabe bien que del futuro no sabe nada, y en eso encuentra el bienestar. Aunque desde otras pupilas cercanas pueda ser la fatalidad. Es que al romper los cubículos y explorar, necesitás de la falta de esquemas. Por el camino ya sabés el final, al costado están las historias. Y ahí está la rosca del cuento, en la fruta que vas a probar mañana. Es riquísima la naranja de todas las mañanas, pero hasta que no pruebes la guanábara vas a caminar siempre la misma calle y no vas a entrar en nada nuevo. Y lo nuevo te da la seguridad al descansar de que el cansancio valió la pena.
Olvida el tronco cuando nota que las ramas empiezan a florecer. La rama parece otro árbol, y se olvida embriagado lo que el tronco quería decir.
Pero cae en la realidad al salir por la puerta de siempre. Y mientras camina sabe que falta poco, sabe que es poco el caminar que queda en estas calles. Sabe bien, y sabe lo que en los otros puede causar. Pero sobre todo sabe (¡y qué bien lo sabe!) que es él quien posee la pluma, no el otro ni ningún otro. En la pluma está el poder, y él la posee. El que tiene la pluma es quien escribe la próxima página, y nunca va a perder su pluma. Mucho éxito y reconocimiento propio trajo haberla encontrado.
Y ya que escribe, no espera hasta mañana. Está en el gran pueblo de las raíces y continúa escribiendo historias, que se van haciendo enormes. Las vive y protagoniza desde su carne. Lo alimentan y lo hacen suspirar. Algunas no van a ningún lado, otras aunque bien las conoce, lo siguen sorprendiendo. Y algunas iluminan y encienden tanto fuego, que no se pueden apagar, aunque el reloj quiera imponer aburrimiento. Jugando el fuego no se apaga. Corre miles de kilómetros y sigue encendido.
Tal vez sea efímero lo que quede en este lugar. Pero lo va a vivir (¡y nada de prohibir!). Va a construir porque, aunque avance corriendo y saltando los escalones, siempre vale la pena construir. Porque lo que se escribe desde las entrañas, es muy difícil de borrar.
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